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Te dio la ventolera, de madrugada,
y con tu huida
trastornaste mi vida;
me dejaste en la nada.
Intenté reponerme al alba;
te sentía perdida,
pero hurgabas en la herida
que me sangraba.
Y al atardecer, ni un soplo;
por la noche, callada calma,
y con la paz y en sigilo
se desvaneció tu marcha.
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